miércoles, junio 16
/Por eso después no tendría que haberme sorprendido, pero es como si la sorpresa, el sentimiento vivo de la sorpresa, se volviera inevitable en determinadas circunstancias. Todos hablamos de la libertad, pero en realidad anhelamos la seguridad de una vida simple en donde cada acción sea la lógica consecuencia de otra, de tal manera de ir creando un continuo en donde las sorpresas también sean previstas, o puedan serlo al menos. Pero nosotros éramos diferentes. No teníamos horarios, nuestro tiempo era tan íntimo y privado que podíamos salir a caminar a la medianoche y dormir después. Funcionábamos a contramano de los demás, vivíamos a otro ritmo, con otras urgencias y necesidades. Debí sospechar que habría que pagar esa locura. Pero no lo hacíamos por locos, sino porque no teníamos otra salida. Nos estábamos quemando y la única forma que teníamos de canalizar ese fuego era viviendo todo lo que podíamos, a cada momento, en cada instante (...)
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